Razones para apoyar la huelga feminista. Razones para criticar la huelga feminista.

huelga-feminista

Como se ha solido hacer en toda la historia del marxismo, y como ya hicimos en Izquierda Hispánica en muchas ocasiones (destaco ahora estos artículos: Sobre la huelga y la política, Huelga de metro en Madrid, Estado de alarma en España por la huelga de controladores aéreos: la visión de Izquierda Hispánica, Otra Democracia Real Ya, Sobre el 15M, 25S, 7J, 23F, DRY y demás, etc.), considero necesario retomar esa costumbre sana de analizar críticamente cualquier movimiento social o acción colectiva desarrollada en la realidad mundana de nuestro presente desde coordenadas materialistas. Evidentemente, las reflexiones que se presentan en esta entrada del blog son susceptibles de verse alteradas tras la finalización de la jornada de huelga del próximo 8 de marzo de 2018, convocada en toda España bajo el popular nombre de “huelga feminista”. Pues serán los resultados de la misma lo que determine si nuestro análisis acierta o no, en todo o en parte. La verdad de toda acción política no se mide por la coherencia de sus postulados, sino por sus resultados. Así pues, hay que tomar esta entrada como una aproximación analítica crítica acerca de la convocatoria de dicha huelga.

No tenía pensado hablar sobre esta huelga porque ahora me encuentro ocupado con otras cosas. Pero la razón que me ha llevado a ello ha sido el enfrentamiento, hasta personal y con insultos entre camaradas a los que respeto, en tanto que unos apoyaban sin reservas (al menos públicamente) la huelga feminista, mientras que otros rechazaban sin reservas (al menos públicamente) la huelga feminista. A mi juicio, sin embargo, ambas posiciones deben ser matizadas, y de ahí esta entrada que, repito, está condicionada en su análisis al resultado de la jornada del 8 de marzo. Pues hay motivos tanto para apoyar la huelga como para criticarla, que no rechazarla. Trataré de exponer las razones para combinar coherentemente todas estas razones en el texto que sigue.

a) Razones para apoyar la huelga feminista.

Cuando Inés Arrimadas, líder del partido liberal Ciudadanos en Cataluña, afirmó que no le gustaban las consignas anticapitalistas de algunas de las organizaciones convocantes de la huelga feminista del 8 de marzo, dio en el clavo con el problema principal que afecta a las mujeres españolas, particularmente a las proletarias y otras asalariadas. El modo de producción capitalista no es el modo de producción adecuado para la emancipación de la mujer. Así pues, lo que queda claro es que la corriente del feminismo liberal encontrará dificultades serias para apoyar esta jornada. Pues, en general, las organizaciones convocantes son mayoritariamente anticapitalistas, dicho esto en un sentido muy amplio pues hay tantos anticapitalismos como anticapitalistas.

La fecha, el 8 de marzo, tiene una significación obrera que no debe soslayarse. Desde 1910, y por una proclamación de Clara Zetkin durante la IIª Conferencia Internacional de Mujeres Socialistas, adscrita a la IIª Internacional, el 8 de marzo fue celebrado por las mujeres de los sindicatos y partidos socialdemócratas marxistas de entonces como Día Internacional de la Mujer Trabajadora. Siete años después, en Rusia, la celebración de este día en el contexto histórico en que el país se encontraba aceleró los acontecimientos revolucionarios hasta llegar al climax de la Revolución de Febrero (en el calendario juliano, nuestro marzo es el febrero ortodoxo), que permitió la abdicación del zar Nicolás II y la instauración de un gobierno provisional socialdemócrata que, no obstante, hubo de ser derrocado en octubre del mismo año por los bolcheviques, debido a que continuaron con la situación bélica precedente que acentuaba la situación social de los trabajadores rusos. Así pues, el 8 de marzo fue el pistoletazo de la Revolución Rusa, el acontecimiento más importante del siglo pasado. Comento esto porque, en relación con la afirmación de Arrimadas, hay que destacar el origen proletario y marxista del Día Internacional de la Mujer Trabajadora por encima de cualquier otro tipo de apropiación liberal, radical o postmoderna de dicha onomástica.

Este origen no aparece mencionado en el Manifiesto publicado por la Comisión organizadora de la huelga feminista en España, que puede leerse íntegro aquí: http://hacialahuelgafeminista.org/manifiesto-8m/. Y en el año 2018, tras 11 años de crisis económica, la más larga de todas las hasta ahora desarrolladas bajo el modo de producción capitalista, el ocultar la raíz o núcleo marxista, obrero, de determinadas ceremonias e instituciones sociales más que asentadas en nuestro mundo, tiene que ver mucho con la obsesión anticomunista actual, sobre la feroz agresividad desarrollada contra una doctrina, la marxista-leninista, que no deja de ser enterrada y resucitada día a día por los medios de comunicación de masas. El fantasma del Manifiesto Comunista vuelve a recorrer Europa, y más allá. Ahora bien, aunque el núcleo fue marxista y obrero, el cuerpo y el curso del 8 de marzo ya no lo es tanto, pero de esto hablaré en la parte de las críticas.

La organización de la huelga y la actividad en la misma curten a la militancia obrera siempre, también para aprender de los errores y hacer autocrítica después de la huelga, de cara a mejorar en el futuro. Cómo parar en los centros de trabajo, como convencer a los compañeros de trabajo en realizar la huelga, cómo presionar de manera efectiva al patrón para realizar la huelga en el centro laboral, cómo organizar los piquetes, como elaborar las proclamas y manifiestos, cómo organizar la movilización en las calles y la seguridad en las mismas, como gestionar de manera efectiva la comunicación política de la misma, son cosas que se van curtiendo en la huelga. Y si la jornada del 8 de marzo sirve para curtir a militantes obreras en todo esto de cara a otros conflictos, bienvenido sea. Será un aprendizaje muy necesario de cara al futuro, también en otras movilizaciones obreras.

Es obligatorio celebrar algunas reivindicaciones concretas señaladas en el Manifiesto de la Comisión arriba enlazado. Por ejemplo, la cotitularidad de las pensiones no contributivas en personas que, habiendo sido tradicionalmente mujeres, no han cotizado igual que otros trabajadores por haberse dedicado toda su vida al trabajo informal (cuidados domésticos, ama de casa, trabajo en la economía sumergida en el campo y en la ciudad, etc.). La bajísima cuantía de las pensiones no contributivas son causa de pobreza, muy acentuada sobre todo en mujeres mayores de 60 años y con pocos o nulos estudios. La presión social que puede ejercerse el 8 de marzo para subvertir esta desgraciada situación solo puede ser aplaudida.

También hay que celebrar la reivindicación de una educación sexual reglada, que permita entre otras cosas tomarse el sexo con seriedad y responsabilidad desde la infancia que permita que las personas desarrollen su sexualidad de manera racional y responsable, para evitar posibles disgustos en el futuro. La cerrazón puritana a enseñar educación sexual desde la infancia, pensando que con ello se va a pervertir a los niños, no tiene ningún sentido cuando en la educación sexual se tiene en cuenta que entra el conocimiento de cuestiones biológicas, sociológicas, culturales, etc., que ayudarían tanto a niños como a niñas, tanto a hombres como a mujeres, no solo mejorar sus vidas sino, también, a conocer una parte de la naturaleza humana fundamental. Si se enseña ética a los niños, no tiene sentido no enseñarles sexualidad, muy relacionada con la ética y la moral. Otra cuestión es que dicha educación sexual pueda ser impartida bajo un prisma ideológico postmoderno, que sería perjudicial no solo para la mente individual de cada niño, sino también para el futuro de la sociedad en que dicha educación sexual sea la dominante.

Por supuesto, cabe celebrar la lucha contra la discriminación laboral a las mujeres, que es sobre todo una discriminación de clase. La brecha salarial entre hombres y mujeres en el mismo puesto de trabajo, que afecta sobre todo a cargos directivos pero menos, aunque también, entre personal laboral en la misma posición en cargos subalternos, es una brecha laboral más que salarial. Las mujeres, mayoritariamente, trabajan en trabajos temporales, con menor remuneración y encadenando más que los hombres los empleos temporales. La precariedad laboral femenina es un mal social que ningún gobierno en el régimen actual dentro del modo de producción capitalista logrará jamás atajar. Por eso, que la huelga del 8 de marzo retome la oposición radical a la precariedad y a la brecha de trabajo entre mujeres y hombres, es algo que hay que celebrar y apoyar.

Y, por supuesto, la denuncia pública contra la violencia machista, el asesinato de mujeres, los abusos sexuales contra ellas, la falta de ayuda a las mujeres por parte de los hombres en el ámbito doméstico, particularmente en el trabajo en la casa y en los cuidados de los hijos, enfermos y mayores, y la sobresaturación de sexualidad (asexuada) femenina en el mundo actual, son también cosas a denunciar, no solo en la huelga. Pues este tipo de cosas son denunciadas todos los días, desde hace años, por numerosos grupos, organizaciones, instituciones y personalidades.

Así pues, entiendo que estas razones son las que nos permiten apoyar la huelga, en tanto que permita seguir trabajando de cara al futuro en la mejora de las condiciones sociales que se denunciarán durante la misma.

b) Razones para criticar la huelga feminista.

No obstante, hay motivos para desconfiar del posible éxito de la convocatoria, los cuales se insertan en los pilares fundamentales mismos que motivan su convocatoria, y que, aunque pueda parecer paradójico, se entretejen con todo lo expuesto más arriba.

Para empezar, parece como si los sindicatos mayoritarios en España, Comisiones Obreras (CCOO) y la Unión General de Trabajadores (UGT), no se hayan tomado verdaderamente en serio la convocatoria. No ya solo porque la huelga ha seguido, en lo que a su convocatoria se refiere, los procedimientos legales típicos de la España del régimen socialdemócrata de 1978. Sino porque estos procedimientos legales inciden en cómo se va a desarrollar, supuestamente, dicha jornada. En materia laboral, la huelga consistirá en dos paros de dos horas máximo por cada turno de trabajo, mañana y tarde, con un posible paro de dos horas más también en el turno de noche. Una huelga general, que pueda paralizar realmente el país, como ocurrió con la diminuta Islandia en 1975, cuando el 90% de las mujeres dejaron de trabajar, con este tipo de organización, es imposible. De ahí que las pomposas proclamaciones de la huelga de “parar el mundo si nosotras paramos”, con este tipo de organización de paro por turnos, se queden en meros brindis al Sol. Los sindicatos mayoritarios, que conjuntamente suman el mayor numero de militancia en organizaciones políticas de España, sobre todo CCOO, convierten la proclamada como huelga en un mero paro laboral simbólico, reivindicativo. Y este es otro de los grandes defectos de la convocatoria del 8 de marzo. Se llama huelga a algo que, salvo sorpresa, tiene todos los perfiles de ser un mero paro laboral que, bajo el arte de la resignificación de palabras tan propio de la postmodernidad actual, y heredero del 15M, va a tener muchísimas dificultades para sobrepasar la línea de lo simbólico. Por eso, lo que me temo que va a ocurrir el 8 de marzo en España es que, en vez de una verdadera huelga feminista, tendremos un 15M feminista. O mejor dicho, un mero paro laboral dirigido por la corriente del feminismo radical, la más pujante de las corrientes actuales junto al feminismo liberal, y que fue el que más impulso ha cogido en España desde el 15M, relegando a todas las demás corrientes feministas a una posición subalterna, a la defensiva y marginal.

A tenor del Manifiesto de la Comisión convocante, en que se manejan términos propios del feminismo radical como sororidad (apoyo mutuo entre mujeres por el mero hecho de serlo) o interseccionalidad (término que aduce al apoyo feminista a todo tipo de sujetos oprimidos por su identidad, sin realizar nunca una definición consistente de la idea de identidad), vemos que la orientación ideológica es la del feminismo radical. El feminismo radical, surgido en los Estados Unidos de Norteamérica en la década de 1960, es, a diferencia del feminismo liberal o del feminismo marxista (el gran olvidado en el movimiento feminista actual), un feminismo indefinido, sin adscripción clara a ninguna generación de las izquierdas políticamente definidas que lo conectaría con la universalidad. Este feminismo se autodenomina radical, por ir a la raíz de las cosas, porque supuestamente ha logrado interpretar la raíz profunda que explica, históricamente, la subordinación de las mujeres a los varones en todas las sociedades que han existido. Esa raíz es el patriarcado. El patriarcado, en tanto que institución antropológico-cultural caracterizada por la primacía del patriarca, o pater familias, masculino en una familia, es un tipo de institución tradicional que, gracias a la evolución de las sociedades democráticas liberales de mercado pletórico capitalista, ha ido destruyéndose progresivamente hasta ser hoy practicamente un reducto casi desaparecido, pues el Estado y los mercados han ido ocupando progresivamente el papel que al pater familias se le asignaba en la protección de su familia o de su clan. Sin embargo, para el feminismo radical, dicho patriarcado se ha adaptado a la situación y ha sobrevivido con muy buena salud, porque ahora, en el modo de producción capitalista, el patriarcado es toda situación de distribución desigual del poder entre hombres y mujeres, plasmada en el sufragio, las herencias, el rol doméstico, etc. Es decir, para el feminismo radical, el Estado y las instituciones privadas capitalistas han asumido el rol antiguo del pater familias porque, ahora, esas instituciones son el pater familias. Es decir, se tratarían de instituciones no neutras, sino claramente masculinas, generadas y dominadas por hombres. De ahí que el feminismo radical y el liberal, en ocasiones, coincidan en la intención de “feminizar la política”, tratando de conseguir más paridad en la dirección de las empresas capitalistas y del Estado.

Sin embargo, este análisis solo lleva a un maquillaje estético del carácter de instituciones tan particulares como el Estado y las empresas capitalistas. Pues en vez de entender el caracter de clase, fruto de un proceso de apropiación del territorio, de reparto de la tierra y de apropiación del valor generado históricamente por los trabajadores (el proceso que Marx llamó de acumulación originaria), de las empresas y del Estado, el feminismo radical las ven simplemente como una emanación del patriarcado en tanto que dicho patriarcado sería “anterior” al Estado y al capitalismo, y sería generador de todo lo demás que ha surgido. Es decir, el patriarcado habría surgido en el paleolítico, e incluso tendría una fuente primaria anterior que algunas corrientes internas del feminismo radical querrían suprimir, y esa es la mera existencia de la diferenciación entre sexos, con un varón cazador recolector que ha de proteger a la mujer, que es la que pare los hijos y los cuida. Por ello, la insistencia del feminismo radical en la resignificación del lenguaje, asociado a la resignificación y diferenciación de los roles de género respecto del sexo, son pilares fundamentales de su accionar.

Pero todo ello se basa en un error conceptual de bulto, que solo puedo explicar utilizando categorías del materialismo filosófico de Gustavo Bueno. Y tiene que ver con la idea de totalidad. En el materialismo filosófico se distinguen tres tipos de totalidades: atributivas, distributivas y mixtas o isoméricas. Una totalidad es una forma de relación material entre el todo y sus partes. La conceptualización del tipo de totalidad depende del tipo de todo y de parte(s) de que se trate. La totalidad atributiva será toda totalidad en la que las partes mantienen su conexión con el todo a través de ellas mismas. La totalidad distributiva será toda totalidad en la que las partes se muestran independientes las unas de las otras en el momento de su participación en el todo, con independencia de las relaciones o conexiones con las demás partes. La totalidad mixta o isomérica, por su parte, es aquella totalidad distributiva en la que las partes distribuídas se comportan como una estructura abstracta con relaciones de interacción, contacto, influencia, intercambio pacífico o polémico -guerra-. Para poder representar gráficamente lo que estos tres tipos de totalidades son, adjunto esta simple infografía:

Totalidades Bueno

El gran error, a mi juicio, que comete el feminismo radical respecto del patriarcado, es entenderlo no ya solo como una institución pre-estatal, que no lo sería. El materialismo filosófico niega que las clases sociales y la propiedad privada sean anteriores al Estado, pues entiende, además, que el Estado es el conjunto complejo de instituciones que, cuando se conforma, es el que establece la división en clases sociales mediante el reparto de la tierra, de la propiedad privada y mediante la instauración de la división social del trabajo, pues es aquello que permite establecer esto mediante el poder político y la violencia, y por tanto dichos fenómenos sociales no son anteriores a él. Lo mismo ocurriría con el patriarcado en su acepción clásica. La institución política del pater familias como administrador del poder en las familias, y su peso social posterior, no es algo prepolítico, como pensaba Lewis H. Morgan, máxima inspiración de Engels en su El origen de la familia, de la propiedad privada y del Estado. Se trataría, sin embargo, de una institución surgida con la vida política, la cual surge con el Estado, pues con el Estado prístino, antiguo (niego la ideología burguesa actual que piensa en el Estado en el sentido de Maquiavelo o Hobbes, como nacido en la Edad Moderna solamente; el Estado feudal y el Estado esclavista antiguo son también formas de Estado), surge la vida política. Pero es que entender que el patriarcado es una institución prepolítica influye en el máximo error teórico del feminismo radical, que consiste en pensar que el patriarcado es una institución que ha de ser considerada como una totalidad atributiva, por encima de las clases sociales, por encima de los Estados, de las religiones, y de otro tipo de divisiones que dividen a esa cosa que, equivocamente, se llama Humanidad. El feminismo radical y el liberal coinciden en su humanismo, y el humanismo entiende que la Humanidad es una totalidad atributiva por encima de otro tipo de divisiones, particularmente, la división en Estados y en clases. Y el entender la Humanidad como una totalidad atributiva conlleva pensar en las mujeres como en una clase atributiva universal, oprimida por un patriarcado atributivo universal, dirigido y organizado por la clase atributiva universal opresora por excelencia: los hombres. Y ni las mujeres ni los hombres son totalidades atritubutivas universales, tampoco el patriarcado. Y tampoco la Humanidad.

Esta disgresión filosófica, materialista, que puede parecer extemporánea para algunas y algunos, no lo es en tanto que, con ella, trato de poner en cuestión la supuesta radicalidad del autodenominado feminismo radical en su fundamento básico, la idea de patriarcado como totalidad atributiva universal que separa a dos clases atributivas universales, varones y mujeres, las cuales solo se reconciliarán cuando el patriarcado sea suprimido, y las clases varón y mujer se fusionen en una sola, la humanidad. Este razonamiento del feminismo radical, por humanista, es esencialmente metafísico, pues desconecta los términos del campo antropológico, histórico y político, de las relaciones que entre sí tienen, a través de las operaciones que antropológica, histórica y políticamente los han conformado. Y este error metafísico, que está en los fundamentos del feminismo radical, explica por qué, a mi juicio, cualquier iniciativa que capitanee a nivel político está condenada al fracaso. Ni el materialismo histórico de Marx, ni el materialismo filosófico de Bueno, caen en este error. Sin embargo, el feminismo radical, que es el reverso izquierdista indefinido infantil del feminismo liberal en realidad, en lo que a su constitución doctrinal se refiere, se encuentran en las antípodas filosóficas y políticas de los materialismos de Marx y de Bueno. Y eso se nota, también, en el papel totalmente secundario que el marxismo pueda tener en el paro laboral del 8 de marzo.

Todo esto condiciona la forma en que se han encarado, de manera indefinida, las reivindicaciones previas a la huelga. No hay un enemigo concreto, claro, destacado en el Manifiesto de la Comisión, el cual recuerda en su redacción a los manifiestos de la época del No a la Guerra, más humanistas que materialistas. Buscando la interseccionalidad y la sororidad, los convocantes obvian la dialéctica de clases y de Estados, que es lo  que explicaría por qué las instituciones patriarcales bajo el modo de producción capitalista han de entenderse como totalidades mixtas o isoméricas y no como totalidades atributivas. Y la nula definición de estas cuestiones, impide una definición más acertada de objetivos a conseguir en el paro laboral del 8 de marzo. Entre esos objetivos tendrían que considerarse el cese de actividades en sectores estratégicos en la economía nacional, como la construcción, el transporte, los servicios, el turismo, la sanidad o la alimentación. Pero no parece ser así. Y para que dicha huelga pueda tener éxito, en el caso español, ha de ser secundada por trabajadores hombres, mayoritarios en prácticamente todos esos sectores. La comparación con Islandia, que también ocurrió durante el 15M, obvia que la división internacional del trabajo afecta desigualmente a España y a Islandia, y que lo que pudo funcionar allí, aquí es probable que no. Y además hay que decir que funcionó parcialmente, porque los gobiernos de mujeres en Islandia no han impedido los problemas financieros que llevaron al país casi a la bancarrota, a no poder pagar su deuda externa, y a encarcelar a los políticos irresponsables y corruptos que no gestionaron bien la situación, aún cuando los partidos políticos liberal-conservadores a los que pertenecían dichos políticos, han seguido gobernando después de la crisis, algo que el 15M obvió. La nula concreción de objetivos en el paro laboral del 8 de marzo, la indefinición más allá de la proclama de objetivos abstractos, más allá de las concreciones acertadas que he señalado en la primera parte de esta entrada, a mi juicio, no traerán consigo el efecto esperado. Y es probable que la movilización sea secundada por aquellos sectores del feminismo radical cuya militancia tenga menos dificultades laborales y personales para salir a la calle, mientras que los hombres se queden realizando las tareas que ellas han dejado de hacer, en una acción que lejos de ejemplificar un proceso de huelga, anula toda posibilidad de efectos económicos de onda corta, media y larga en España. Es decir, la convocatoria, más que realizada por militantes con experiencia en huelgas, parece realizada por activistas indignados modelo 15M que piensa que hacer la revolución es movilizar mucha gente, sentarse en la calle, hacer batucadas y pintarse la cara color esperanza, como dice la canción.

c) Conclusión.

Obviamente, los análisis vertidos aquí están sujetos a los resultados de la jornada del 8 de marzo. Y a tenor de esos resultados habrá que realizar algunas modificaciones a lo aquí escrito. Sin embargo, mi crítica a la idea de patriarcado como totalidad atributiva, al humanismo del feminismo radical, mi sugerencia de que feminismo radical y liberal son dos caras del mismo tapiz en el cual el liberal tiene ventaja porque está adscrito a una ideología política de larga tradición y con un proyecto definido respecto del Estado, mi crítica a la escasísima influencia y presencia del marxismo-leninismo en el ámbito feminista mayoritario en España, es algo que seguiré manteniendo después de la jornada, porque son cuestiones que van más allá del ámbito específico que gira en torno al paro laboral que está por desarrollarse.

No obstante, llamo desde aquí a un entendimiento mutuo entre marxistas-leninistas y feministas. A los primeros, hay que invitarles a que conozcan, lean y estudien las diversas teorías feministas, pues se puede absorber mucho de ellas. A los segundos, hay que invitarles a que profundicen en un mundo que desconocen, el del materialismo histórico, el del materialismo filosófico y el del comunismo. Solo de esta manera podrán definirse y abandonar ideas humanistas y metafísicas que, de cara a la acción política real, desde el poder, no llevan a ninguna parte. Por desgracia, la militancia feminista que ha abrazado el marxismo-leninismo en España, es marginal. Y si a esta militancia ya le cuesta horrores hacerse entender en el mismo ámbito de acción feminista desde hace años, su papel en la organización del paro laboral del 8 de marzo es susceptible de verse señalado por otras corrientes indefinidas del feminismo que vean un peligro en sus postulados. Y ni siquiera las palabras de Inés Arrimadas van a servir para entender cuál es el verdadero problema de fondo que tanto a mujeres obreras como a varones obreros afecta. Pues mientras se piense en las mujeres como una clase universal, no habrá nada que hacer.

Finalizo la entrada con una reflexión. Urge estudiar el feminismo desde las coordenadas del materialismo filosófico, de la misma manera en que se realizó el análisis de la cultura, de la izquierda o de la derecha en tres libros del Maestro, Gustavo Bueno. La cultura, la izquierda y la derecha, fueron analizadas por Bueno como mitos oscuros y confusos, construidos históricamente para ocultar la pluralidad de culturas, izquierdas y derechas realmente existentes, y para oscurecer las posibilidades que, dentro de esas pluralidades, tendrían sus opciones más racionalistas (sobre todo en las izquierdas y en las culturas) a la hora de hacerse hegemónicas. Tomar la cultura, la izquierda y la derecha como un todo unívoco, y no plurívoco, conlleva permitir que la hegemonía sobre la cultura, la izquierda y la derecha, la tengan opciones políticas que, en definitiva, siempre son las adscritas la ideología de la clase dominante, que hoy en día es socialdemócrata, liberal, cosmopolita aunque particularista y humanista. Quedó pendiente, por parte de Bueno, escribir El mito de la naturaleza, un libro que negaría también la univocidad de la idea de naturaleza, tan cara en el ecologismo, en el animalismo y en cierto fundamentalismo científico biologicista (un libro que sería un martillazo absoluto contra esas tendencias ideológicas). Sin embargo, a mi modo de ver, urge un ensayo que, considerando al feminismo como un fenómeno plurívoco, no unívoco, habiendo muchos feminismos en realidad, y enfrentados incluso de manera abiertamente hostil entre sí, permita destruir el mito oscuro y confuso en que el feminismo se ha convertido en los últimos años. Urge un libro que, siguiendo esta tradición filosófica materialista de destrucción de mitos oscuros y confusos del presente, podría llamarse El mito del feminismo. Un libro que no sería antifeminista, pero sí anti-mito unívoco del feminismo. En los tiempos que corren, aclarar conceptos incluso puede salvar vidas.



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